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domingo, 5 de abril de 2020

SACERDOTES DE RA, MAGOS DE OSIRIS... ILUSIONISTAS



Aunque se considera a Robert Houdin (no confundir con el escapista Harry Houdini) como el padre del ilusionismo, existen precedentes históricos muy anteriores a los espectáculos mágicos protagonizados por este relojero, que inició su carrera mágica en 1845. De hecho, según reseñan los historiadores de la prestidigitación, aunque el primer libro sobre ilusionismo fue publicado por Reginald Scott en el Londres de 1584 con el título The Discoverie of Witchcraft, la primera mención documentada de una actuación mágica está recogida en un papiro egipcio de más de cinco mil años de antigüedad. 


En Alemania se conserva el llamado papiro de Berlín n.° 3.033, más conocido en el mundo de la egiptología como Papiro Westcar, cuya edición facsímil nos preciamos de poseer algunos apasionados de la magia. Este documento llegó al museo de Berlín tras la muerte del eminente egiptólogo Richard Lepsius, quien lo había heredado a su vez, hacia 1839, del matrimonio Westcar. 

El original mide un metro con sesenta y nueve de largo por Cero con trescientos treinta y cinco de ancho, y está fechado en la época hiksa (dinastías XVI-XVII), aunque todos los expertos coinciden en que es una copia de un manuscrito anterior, probablemente de la XVII dinastía. 

A lo largo de sus doce placas recoge cinco relatos, de los que sólo tres son legibles debido al mal estado de conservación. En el tercer relato del Papiro Westcar, titulado «El nacimiento de los hijos reales», se hace alusión a los poderes adivinatorios de un sacerdote. Este, como los astrólogos y videntes de nuestros días, hizo una serie de augurios y profecías sobre el futuro del imperio. En el primer relato, titulado «La fiesta de la barca», el papiro detalla cómo el jefe de los sacerdotes-lectores, llamado Djadja-em-ankh, separó las aguas de un estanque para recuperar el pendiente que el faraón Keops había regalado a una de sus remeras: 

«Entonces el sacerdote-lector en jefe Djadja-em-ankh pronunció las formulas mágicas de las que tenía conocimiento. Pudo entonces colocar la mitad del agua del estanque sobre la otra mitad y así descubrió el pendiente en forma de pez, apoyado sobre un fragmento de rocas. Lo cogió y lo entregó a la propietaria».

Pero sin duda el más interesante es el segundo de los relatos: «Djedi, el mago». En ese texto se narran las habilidades de un glotón y anciano sacerdote cuya fama había llegado a oídos del faraón Keops, inequívoco constructor de la Gran Pirámide de Giza. Ya explicaré por qué. De Djedi se decía —y mucha atención a esto— que «era conocedor del número de cámaras secretas que había en el templo», y que «era capaz de hacer proezas sorprendentes». 

Todos los historiadores de la magia y la prestidigitación recogen el siguiente episodio como la primera actuación de un ilusionista documentada en el mundo. Djedi acudió a la ciudad de Memphis reclamado por el faraón Keops, y ante él realizó varios «trucos» de magia clásicos como la aparición y desaparición de objetos y la «decapitación« de un ave, que después volvía «milagrosamente» a la vida. Un efecto que, cinco milenios después, el famoso David Copperfield incluye en uno de sus espectáculos de magia en Las Vegas y que aparece reseñado también en el monumental Museo Copperfield de la Historia de la Magia, el museo del ilusionismo más importante del mundo.

Algunos historiadores de la prestidigitación consideran que las demostraciones que Moisés hizo ante el faraón estaban más relacionadas con el ilusionismo que con los poderes sobrenaturales del profeta judío, algo que lógicamente atenta contra todo el magisterio de la Iglesia católica, la religión judía y la islámica, y que estoy seguro de que el santo patrón de los magos, san Juan Bosco, no compartía. Así que, por el momento, prefiero no enzarzarme en una disquisición teológica para defender esta posibilidad. Volvamos a los hechos probados históricamente.


Djedi es el primer ilusionista de la historia, y además de conocer los secretos de la prestidigitación, como se deduce de su puesta en escena ante el faraón, conocía «las cámaras secretas del templo». ¿Y para qué se utilizaban esas cámaras, túneles y pasadizos? El secreto fue divulgado hace siglos por el genial Herón de Alejandría. Y lo hizo en algunas de sus famosas obras, como Autómatas y Pneumática, ya citadas, donde desvelaba la naturaleza de los pasadizos y túneles existentes en muchos templos egipcios y griegos utilizados por los sacerdotes para desarrollar trucos de ilusionismo que hacían pasar por manifestaciones de los dioses.

Herón de Alejandría fue el primer autor que denunció el engaño de muchos sacerdotes, que utilizaban ingenios mecánicos e hidráulicos, basados en los mismos principios que sus ingeniosos autómatas, para hacer aparecer y desaparecer altares e ídolos, que parecían «surgir» de las entrañas del templo, fuegos que se encendían de repente sin causa aparente o voces de los dioses que parecían emanar de las paredes o del suelo de los templos, y que no eran otra cosa que producto de los túneles secretos que surcaban los mismos.

El efecto de la sugestión en los devotos era espectacular. Como lo es en Lourdes, Fátima, Guadalupe, Jerusalén, Benarés o La Meca. Lo sé porque en esos o en otros lugares yo he visto lo que puede hacer el poder de las creencias. Jesús tenía razón: la fe mueve montañas. Y la magia —y no me refiero a nada esotérico— tiene el poder de conducir la sugestión a favor o en contra de quien la presencia. Como hacen los hechiceros que conocí en el África negra. Djedi podía utilizarla para entremeter al faraón, pero también para «maldecir» a los enemigos.

En documentos como la «Conspiración del harén contra Ramsés III» se relata cómo uno de los sacerdotes corruptos empleó sus conocimientos «mágicos» para favorecer al hijo de una concubina con deseos de hacer desaparecer a su padre, Ramsés III. Según recoge ese documento histórico, elaboró una figura de cera a la que sometió a todo tipo de sortilegios, haciendo saber al hechizado su conjuro. Algo similar debió de ocurrir con el fetiche, una figura femenina de terracota a la que clavaron una decena de alfileres, datada en el 200 o 300 d.C., y que se conserva en el Museo del Louvre con el número de pieza E27144a. Yo pude conocer ese primitivo «muñeco vudú» gracias a mi querida amiga Ana María Vázquez, profesora titular de historia antigua en la UNED y una de las mayores expertas universitarias en las prácticas mágicas en el mundo antiguo, con la que he compartido pasión e investigación en lugares como Petra (Jordania).

Ese fetiche de «magia negra» conservado en el Louvre me demuestra que los egipcios conocían el poder del mal llamado «vudú» tan bien como los hechiceros con los que conviví en el África central y los que iba a conocer en Cuba, Haití, República Dominicana, etc. Su secreto era el mismo. El secreto de los dioses... Pero no quiero adelantar acontecimientos.

En todos esos lugares, y en el Egipto faraónico también, cuando el hechicero quiere asegurarse el funcionamiento de su maldición le hace saber a la víctima que se le ha realizado un embrujamiento. Y puedo dar fe de que el terror que inspiran esos rituales en los supersticiosos africanos, haitianos o en los egipcios de las antiguas dinastías garantizará que el hechizo funcione. ¿Cómo no sentir terror ante el maleficio realizado por un brujo capaz de resucitar a los muertos, como ocurre en África?

Por eso los hechiceros no revelan los principios químicos de sus remedios y venenos y prefieren fomentar la creencia de un origen sobrenatural en su poder. Así, la sugestión es un arma. De la misma forma, la fe en los poderes curativos de los sacerdotes, reforzada por oportunos y efectistas números de ilusionismo, favorecía la curación real de todo tipo de dolencias. Por eso los enfermos peregrinaban hasta el sanatorium, una zona de paredes de adobe al norte del pozo del templo de Dendera para pedir a la diosa Hator y a sus sacerdotes una curación milagrosa.

La veterana egiptóloga Elisa Castel lo resume perfectamente en uno de sus libros, Los sacerdotes en el Antiguo Egipto (Aldebarán, 1998. Págs. 227 y ss.), donde se refiere literalmente a los «sacerdotes de Serket, más relacionados con la magia que con la medicina», y de los que sugiere que utilizaban la magia para aliviar los síntomas de los enfermos, aunque no de forma sobrenatural sino a través de una ilusión:

«Sin embargo, los sacerdotes de Serket también hacían uso de la magia. Quizá no la empleaban solamente con fines religiosos, sino muy probablemente para crear lo que hoy conocemos como "efecto placebo"» (pág. 230). 

Estoy de acuerdo con ella. Dejando al margen los conocimientos químicos, farmacológicos y de medicina natural que no niego, los antiguos sacerdotes (y magos) egipcios dominaban el arte de la sugestión y de la prestidigitación como los brujos africanos de Malawi. La «psicomagia» existe mucho antes de Alejandro Jodorowsky. Y a través de la fe que generaban en sus seguidores podían utilizarla como efecto placebo. Sin embargo, eso no nos puede hacer perder la perspectiva de que sus supuestos poderes sobrenaturales quizá no fuesen tales. 

En todos los años que llevo dedicado a la investigación y denuncia de los fraudes paranormales me he enfrentado a infinidad de videntes, curanderos, médiums y adivinos que utilizaban el ilusionismo haciéndolo pasar por poderes sobrenaturales. Cuando desenmascaraba sus engaños, muchos de ellos se justificaban exactamente tras esa misma excusa: «Si conseguía que creyesen en mis poderes les ayudaría en su autocuración...».

Lo que no añadían esos videntes, como los sacerdotes egipcios, es que además cobraban sustanciosas sumas por esos falsos poderes sobrenaturales...

A medida que avanzaba en mi viaje en busca de alguna prueba sobre la existencia de lo sobrenatural y del secreto de los dioses, mi escepticismo crecía proporcionalmente a mi decepción.

¿Realmente hay algo sobrenatural que encontrar?




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