LA VIDA SECRETA DE CARLOS CASTANEDA: ANTROPÓLOGO, BRUJO, ESPÍA, PROFETA.

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lunes, 20 de abril de 2020

LA TUMBA DE TUTANKAMON


Una de las tumbas del Valle de los Reyes merecía toda mi atención. Con razón, uno de los mayores misterios de Egipto está vinculado inequívocamente con ella: la tumba de niño-faraón Tutankamon. 

La maldición de Tutankamon comenzó, según la leyenda, el 4 de noviembre de 1922, cuando Howard Carter descubrió el primer peldaño de la última de las sesenta y cuatro tumbas descubiertas en el Valle de los Reyes, que además permanecía intacta.


Carter era un tipo duro y austero, como pude comprobar al visitar su humilde casa, que aún se conserva en el cruce de la carretera de Deir Al-Bahri con la que llega desde el templo de Seti, muy cerca del valle. Llevaba años viviendo en Egipto y había aclimatado su cuerpo a las durezas del desierto. No malgastaré espacio en relatar el descubrimiento de la tumba, ya que existe una abundante bibliografía al respecto. Sólo añadiré que desde su hallazgo se desataron todo tipo de leyendas infundadas, algunas tan lógicas como inexactas. Por ejemplo, llegó a decirse que la momia del faraón era en realidad la de una mujer, ya que no tenía pene, pero recientemente se descubrió el pene de Tutankamon, que se había desprendido de la momia a causa del mal trato que se le propinó por las prisas con que se vació la tumba debido a la repercusión mediática del descubrimiento. O la primera impresión de que el faraón había sido asesinado a causa de un golpe en el cráneo ha sido desestimada hace pocos meses, tras someter la momia a un nuevo análisis forense, aplicando la últimas tecnologías criminalísticas. Algo con lo que ni Carter ni su mentor, lord Carnarvon, podían soñar en 1922. De hecho, ésta es otra de las cosas que deberíamos tener presente todos los investigadores al enfrentarnos con el misterio. 

Ni creyentes ni escépticos podemos ser tajantes y concluyentes en nuestras conclusiones, ya que la imparable progresión de la ciencia pone a nuestra disposición cada año nuevos elementos tecnológicos y nuevos conocimientos científicos, que podemos aplicar a la investigación de los antiguos misterios. Por eso conviene ser prudente al negar o afirmar algo. Existen cosas inexplicadas, pero nada es inexplicable. Sólo es cuestión de tiempo y apertura de mente. Por mi trabajo en el campo de la criminología tengo la fortuna de convivir profesionalmente con criminalistas de absoluto prestigio, con los que he compartido mi fascinación por el mundo del misterio. Y sin duda la «maldición» de los faraones es un ejemplo excelente de cómo las modernas técnicas de la policía científica pueden ofrecernos respuestas a los enigmas que tanto inquietaron a anteriores generaciones. Si en lugar del equipo de Carter hubiese sido el CSI de Gil Grissom el que hubiese penetrado en la tumba de Tutankamon, aislando y procesando la supuesta «escena del crimen», tal vez se habrían salvado muchas vidas, ya que la «maldición» de los faraones habría sido aislada antes de «asesinar» a los profanadores. 

En realidad, un análisis desapasionado de los hechos nos mostraría que: 

—Lord Carnarvon y otros de los veinticinco presentes en el desprecintado de la tumba de Tutankamon fueron falleciendo inmediatamente después de la profanación.


—La gran mayoría de esos fallecidos, incluido Carnarvon, sufría algún tipo de trastorno respiratorio. 

—Carter, sus ayudantes egipcios y otros arqueólogos con experiencia en el trabajo de campo sobrevivieron a la maldición y cumplieron más de setenta años. 

Pienso que la respuesta está muy lejos de las fórmulas mágicas y esotéricas que decoraban las paredes de la tumba, y que tenían por objeto atemorizar a los profanadores, como los muñecos vudús aterrorizan al supuesto «embrujado». Los magos de los faraones, como Djedi, se habían ocupado de convencer a los creyentes de sus poderes sobrenaturales utilizando ingeniosos trucos de ilusionismo, y es probable que el temor a la maldición fuese una medida de seguridad suficiente en la época salvo ante los escépticos ladrones. Sin embargo, como si la madre naturaleza hubiese querido contribuir en la protección de aquellos monumentos, una auténtica «maldición» científica aguardaba a quienes osasen profanar el sueño del faraón sin estar capacitados para penetrar en las tumbas sagradas. Y esa maldición tiene nombre de bacteria: aspergirus. 

Este organismo fue detectado en la tumba de Tutankamon, como en otros recintos antiguos, en 1962 por el doctor Ezz Taha. Según me explicó mi admirado colega el doctor José Antonio García Andrade, con quien compartí durante años la vicepresidencia del Centro de Investigación y Análisis de la Criminalidad en Madrid, el aspergirus es un hongo microscópico que puede penetrar en las vías respiratorias y, en casos de gran concentración, causar una enfermedad llamada aspergilosis invasiva. Cuando esto ocurre, las esporas se reproducen en los pulmones y comienzan a atacar los riñones, el hígado, los huesos, el cerebro. La humedad de las tumbas egipcias, el calor y la concentración de microorganismos a lo largo de los siglos convirtió la cripta del faraón en el hogar de numerosas bacterias. Tal vez el CSI se habría percatado del riesgo, pero los arqueólogos británicos, y sobre todo sus inexpertos patrocinadores, no. Y eso les costó la vida. 

Carter, como por supuesto sus empleados egipcios, había desarrollado los suficientes anticuerpos durante su vida en el desierto como para resistir la infección del aspergirus, pero Carnarvon carecía de defensas. Sólo viajó a Egipto algunos inviernos, a causa precisamente de la afección respiratoria que padecía, como otras víctimas del «maleficio», y falleció pocos días después de asistir al desprecintado de la tumba y de ser presuntamente infectado por la «maldición» bacteriana de los faraones. Todavía hoy arqueólogos tan reputados como el mismísimo doctor Zahi Hawass toman sus precauciones antes de entrar en una tumba recién descubierta. «Acostumbro a no afeitarme el día que voy a entrar en una tumba cerrada. Lo hago porque te proteges mejor de los posibles gérmenes. Se lo recomiendo», dice el egiptólogo más influyente y famoso del mundo. 

Cuando salí de la tumba número 64 del Valle de los Reyes me sentía un poco decepcionado por el aspecto que presenta. No queda rastro del tesoro, ni de la maldición ni, por supuesto, del aspergirus. La tumba es más bien pequeña y desgarbada, y casi no hay nada que ver en su interior. La práctica totalidad del tesoro de Tutankamon se encuentra expuesta en el Gran Museo Egipcio de El Cairo. Sin embargo, me sentí satisfecho de poder tachar otro en mi lista de enigmas pendientes. Por supuesto, y aunque no haya misterio en la «maldición» de los faraones, la visita a todas las tumbas del Valle de los Reyes es recomendable, y también al Valle de las Reinas, e incluso al Valle de los Nobles. 

Pero todavía me quedaba mucho Nilo que recorrer, así que continué mi viaje río arriba. Así, ganando kilómetros hacia el sur, nos encontramos Esna, con su templo de Khnum, de marcada manufactura romana; Edfu, el templo de Horus, sus misteriosos Shemsu Hor y la descripción de los cuatro «reyes magos» que llevaban regalos al niño-dios-halcón cuando nació; o Kom Ombo y su templo del dios Sobek, que tan poca gracia me hace. Sin embargo, en el templo de Kom Ombo existen cosas interesantísimas, como en todos los demás. Tanto aquí como en Edfu, volví a localizar y a calcar «bombillas» como las de Dendera pero mucho más pequeñas. Además recomiendo prestar especial atención a la «mesa de cirugía», unos grabados en la parte exterior del templo, que muestrán el instrumental médico que utilizaban los antiguos cirujanos del faraón. 

Después de realizar un calco de esos grabados y mostrárselo a amigos cirujanos y forenses, no me cabe ninguna duda de que la inteligencia de los antiguos egipcios no tenía nada que envidiar a la nuestra. Menospreciar su creatividad, su inventiva y su capacidad intelectual es una pedantería ridícula. Por cierto, justo enfrente de la «mesa de cirugía» existe otro grabado interesante y que en su día incomodó mucho a algunos notables del Vaticano. Algunos guías lo presentan como los cuatro evangelistas, ya que adoptan las figuras animales que simbolizan a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y resulta un poco difícil explicar qué hace una representación de los cuatro pilares del Nuevo Testamento en un templo egipcio. La solución del misterio es sencilla: en realidad es una representación de los cuatro confines del mundo en la mitología egipcia. Aunque esto es todavía más incómodo para la historia de la Iglesia, ya que alguien podría pensar que hasta las figuras alegóricas que representan a los evangelistas son «plagios» de una religión anterior al cristianismo... 

Por fin llegamos a Asuán, la otra gran capital egipcia. Durante siglos esta ciudad marcó el límite de la frontera con el África negra, con Nubia. Los egipcios de piel negra, los nubios, son una raza de una belleza física extraordinaria. Aquí puede visitarse el Museo Nubio, ideal para hacerse una idea de la historia de esta cultura y del papel que desarrolló en el Egipto de los faraones. En él se exponen algunas muestras de las ingeniosas técnicas y «tecnologías» desarrolladas por los agricultores nubios para canalizar las aguas del río y controlarlas en sus riegos. La enésima prueba de su ingenio e inventiva. Además, quienes no deseen pasar por el incómodo trayecto del desierto pueden contemplar en este museo algunos petroglifos neolíticos y muestras de arte rupestre que fueron trasladados desde sus ubicaciones originales. El maravilloso jardín botánico de la isla de Kitchener, los mausoleos del cementerio fatimí o el templo de Khnum en la isla Elefantina también son de obligada visita en Asuán. 



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