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sábado, 11 de abril de 2020

LA EDAD MEDIA EN EL SAHARA EGIPCIO



Dejando atrás Gilf Kebir, y volviendo a la ruta de los oasis, viajando siempre hacia el este, encontraremos otras pinturas rupestres. Están a unos 55 km al sudeste de Mut (la capital del municipio, que posee un interesante museo etnológico), entre Kharga y Darkhla. Estas pinturas reafirman una vez mas la existencia de animales selváticos, y grandes cantidades de agua en esa región del Sahara durante el neolítico. Aunque ni punto de comparación con las de la “roca del arte”. Y más allá, por fin llegamos al oasis de Darkhla. 


Este esplendoroso oasis, formado por más de seiscientos manantiales y estanques naturales, ultimas aguas supervivientes quizás, de las reflejadas en las pinturas de Gilf Kebir, obsequian a los habitantes de Darkhla con generosas cosechas de arroz, trigo, mangos, naranjas, albaricoques, aceitunas, dátiles… El concepto, un vergel en el desierto, se materializa en este oasis mejor que en ninguna otra parte del mundo.

Raudos visitamos la aldea de Bashendi, y sus particulares casas, cuyo particular diseño, con pilares cuadrados es, según algunos historiadores, fiel reflejo de las viviendas del imperio faraónico antiguo. En esta aldea, como en Bahariya, se encuentra la tumba de otro santón, Pasha Hindi, hasta la que peregrinan los devotos para pedirle favores. Es otra especie de Fátima o Lourdes en medio del desierto, pero islámico. Contemplé fascinado, y sobrecogido, y también celoso de su fe, las miradas esperanzadas de los peregrinos. Nada diferencia esas miradas, que reflejan el convencimiento irracional de que el santo, o sus yinnas, van a ayudar al creyente, de las que contemplé en los ojos de otros peregrinos, cristianos, budistas, hinduistas o animistas, en diferentes partes del mundo. A la hora de suplicar la ayuda de los dioses, todos los humanos somos iguales.

En Balat, otro pueblo situado a 35 km de Mut, capital de Dharkla, se conserva gran parte del poblado islámico medieval. Pero su interés palidece al lado del pueblo otomano medieval de Al Qasr. Muchos de los actuales habitantes de la Ciudad de los Muertos, en El Cairo, forman parte de los 45.000 habitantes que tenía Al Qasr, y que fueron emigrando hacia la capital del país, en busca de nuevas oportunidades, dejando atrás una población de solo 600 almas que ahora deambulan por las calles semi abandonadas de este poblado fantasma en desierto.

Actualmente se están analizando los documentos, descubiertos entre las ruinas de algunas viviendas, para descubrir porque los otomanos confirieron tanta importancia a este lugar. Pero mientras los historiadores investigan, merece la pena perderse en sus estrechas calles y dejarse proyectar al pasado. Cuesta aferrar la imaginación, que empuja por salir disparada hacia la edad media sahariana. 

Aconsejo visitar la escuela coránica o madrasa, restaurada recientemente por el Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, o la mezquita de Nasr Ad-Din con su minarte de 21 metros de altura, o la fábrica de vasijas y el gran molino de trigo antiguo. Ahí, y solo con una sonrisa, es fácil entablar amistad con los artesanos, y acompañarles en su trabajo, observando técnicas ancestrales, y toscas pero efectivas herramientas, que muy probablemente no se diferencian demasiado de la que utilizaron los constructores de los grandes templos faraónicos, y las pirámides de Egipto. 

En Al Qasr aún es posible ver los “taladros” de cuerda y madera con los que se perforaron los bloques de granito de la Gran Pirámide. Esos agujeros cilíndricos, que han provocado tantas conjeturas, no sólo los he visto en Egipto, sino también en Jordania, Perú, etc. Y por supuesto no se deben a taladros eléctricos con punta de dioríta, sino a algo mucho más sencillo. Al ingenio humano. 


Y antes de abandonar el oasis de Dakhla, nos quedaba última parada. A unos 7 km al oeste de Al Qasr, hay un control de policía. A partir de ese control y tomando el desvío hacia Dir Al Haggar, y tras recorrer solo 5 km más, llegaremos a un interesante templo faraónico. Pero cuidado, en esas monótonas carreteras es fácil confundirse o pasarse de largo. Nosotros lo hicimos y nos costó un agotador rodeo de 50 km. Pero mereció la pena. 

En medio del desierto, nos encontramos con un templo dedicado a la triada tebana Amón, Mut y Khonsu. En ella fotografié la representación más extraña del dios Horus que he visto en ningún otro punto de Egipto. Incluso mis guías, Ibrahim y Shaib, conocedores de todo el Egipto faraónico, me aseguraron que nunca habían visto una representación tan extraña de Horus. El templo es tardío. Fue construido entre el mandato de Nerón y el de Domiciano, y en sus paredes se encuentran las blasfemas firmas de los exploradores y viajeros británicos, franceses, etc, que desde el siglo XIX visitaron estas ruinas: Rolfsche, Drovetti, Houghton, etc. 

Dentro de la tumba de las momias

Casi 200 km nos separan del siguiente oasis: Al Kharga. Una depresión del terreno de 30 por 200 km en plena ruta de las caravanas que unían Egipto y Sudán. Unas 60.000 personas viven en Al Kharga. Entre ellos una notable comunidad nubia. Por fin tomamos contacto con los egipcios negros.

Por supuesto hay muchas cosas que ver en este oasis, el último antes de que abandonemos el desierto para llegar a la cuenca del río Nilo: el Museo de Antigüedades, el templo de Hibis, el Monasterio de Al Kashef, etc. Aunque confieso que yo presté mas atención a la tumba del santón Naser Dim, cuyo mausoleo se encuentra en la mezquita. Y por supuesto, a la extraordinaria necrópolis cristiana de Al Bagawat, donde encontramos las pinturas cristianas más antiguas del continente. En realidad existen algunas pinturas de coronas de laurel y otros elementos menores, que decoran algunos ataúdes de las momias exhumadas en el oasis de Al Fayum, y que son un siglo anteriores a estos ricos y elaborados frescos cristianos de Bagawat, pero no hay punto de comparación.

En esta necrópolis copta existen también momias. Y en este caso puedo dar testimonio no solo por haberlas visto y fotografiados, sino, como Santo Tomás, por haber puesto literalmente el dedo en las llagas…

Con los contactos adecuados, y en este caso sin necesidad de sobornos, mis guías consiguieron que accediese al interior de algunas de las tumbas más antiguas de Bagawat. 

No puedo precisar exactamente la ubicación, pero si que llegamos en plena noche, para evitar la miradas indiscretas. Me condujeron hasta una especie de túmulos situados en la periferia del oasis de Al Kharga, y me señalaron con el dedo una pequeño ventanuco de no más de 50 cm de lado, semienterrado en la arena. Aseguraban que hacía muchos años que nadie entraba en aquella tumba, pero se que eso se lo dirán a todos. No obstante era una oportunidad única en la vida. Penetrar en una tumba, alejada de los circuitos turísticos egipcios, y que, según me aseguraban mis guías, conservaba todos los frescos y pinturas, así como demás elementos funerarios originales intactos. ¡Y tan intactos…!

Entré solo en la tumba, supongo que por qué mis guías egipcios estaban aburridos de verla o quizás, siendo un poco más romántico, porque temían a la famosa maldición de los muertos. Sujeté la linterna con los dientes, protegí la cámara con el pañuelo y la camisa, y empecé a arrastrarme por aquel angosto agujero. 

Pero no contaba con el polvo del desierto, que se iba levantando a medida que arrastraba mi cuerpo por el pequeño pasadizo subterráneo. Pronto se formó una densa cortina de polvo, que me impedía ver absolutamente nada más que el haz de mi linterna, recortado y definido en las partículas de arena que flotaban ante mí, como si se tratase del sable-láser de un caballero Jedi. 

El polvo se me metía en los ojos, así que seguí avanzando con ellos cerrados, hasta que mi mano derecha, no olvidare la sensación, tropezó con una piedra. Me detuve. Abrí los ojos. Solo veía polvo y el sable-láser de Luke Skaywalker saliendo de mi boca. Espere a que el polvo volviese a asentarse. Y entonces me di cuenta de que la piedra no era tal piedra, sino un pie humano. El pie de una momia. Una de la media docena de momias que me rodeaban...




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