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jueves, 2 de abril de 2020

HAITÍ: LA INTERNACIONAL. VIAJE HACIA BELLADERE



«Amanece temprano y la luz del sol me despierta», anoté en mi diario. Así que madrugué. Tenía muchos preparativos que hacer antes de salir hacia la frontera haitiana. Había hecho coincidir mi primer viaje a Haití con el tercero o cuarto que hacía Miguel Blanco, para contar así con un poco de cobertura en un país tan duro como desconocido, al menos hasta que pudiese reunirme con las misioneras católicas de Puerto Príncipe. 

Me aprovisioné de mapas, baterías, carretes, un buen botiquín y todo lo que pudiese necesitar antes de adentrarme en el territorio más peligroso que he conocido. Más de una vez me iba a alegrar de haberme reunido con Miguel Blanco antes de dejar Puerto Plata para iniciar la ruta hacia la frontera haitiana. Para ello alquilamos un coche, en realidad una furgoneta, en una de las numerosas agencias de alquiler de vehículos que atienden a los turistas. Tiene gracia: cuando explicamos al dependiente de la agencia que queríamos un vehículo duro para ir hasta Haití, el tipo nos respondió en un tono profundamente despectivo: «¡Para qué van allá, chico, si allá nada más que hay negros!». Lo paradójico es que quien esto afirmaba era un mulato más oscuro que el pan tostado. Este fue mi primer contacto con el racismo inherente al mestizaje que los españoles, y más tarde los portugueses, franceses, ingleses y holandeses dejamos en las Américas. Fue tan profundo el daño que infligimos en la conciencia de esos pueblos, que entre ellos mismos se desprecian dependiendo del grado de mestizaje de su piel. Vergonzosamente, muchos blancos caribeños ven con desprecio a los mestizos, que a su vez menosprecian a los mulatos, quienes humillan a los negros... Como si los humanos necesitásemos desesperadamente marcar las diferencias con otros grupos humanos para sentir nuestra propia identidad. Como si sólo sometiendo a otros colectivos a nuestro maltrato, descrédito y vilipendio, pudiésemos sentirnos superiores. El sistema de castas, al fin y al cabo, no sólo está instaurado en la India. En todo el planeta siguen existiendo, de una forma u otras, diferencias de «castas» económicas, sociales o raciales. Maldigo a todos los dioses que han permitido esas diferencias. 

Cuando preguntamos al negro racista de la agencia cuál era el camino más rápido para llegar a la frontera de Haití nos ofreció dos alternativas: dirigirnos hasta Santiago de los Caballeros para una vez allí tomar la autopista hasta Santo Domingo, y de allí la carretera que lleva al paso fronterizo de Jimaní, lo que significaba rodear todo el país casi literalmente; o utilizar «la Internacional», que salía directamente desde Puerto Plata hacia Haití, y que resultó una ruta que ni mi compañero Miguel Blanco conocía. No parecía una elección difícil. Y por demasiado fácil resultó un grave error. 

Según las notas de mi diario, estábamos tan confiados en que la ruta por la Internacional sería un cómodo paseo que incluso nos permitimos el lujo de comer en Puerto Plata antes de iniciar el viaje. Salíamos de la ciudad dominicana a las 13.10. Y de allí, siempre con rumbo oeste, hasta Santiago de la Cruz, donde quería reunirme con una entrañable cooperante. En ese trayecto la carretera no nos puso mayores problemas, como si quisiese que nos confiásemos. De Puerto Plata a Bisonó, donde giramos a la derecha para seguir hacia Maizal, y después hacia el sur por Mao, Los Quemados y Sabaneta, donde a media tarde incluso paramos a tomar un café y a darnos un baño de cinco minutos en el río Yaguajal. Después, relajados, continuamos el viaje hacia nuestra cita en Santiago de la Cruz, dejando atrás Los Almacigos, Inaje y Partido, donde el depósito de gasolina empezó a exigir que le diésemos de beber. 

Por fin avistamos el pueblecito típicamente caribeño de Santiago de la Cruz. Allí teníamos una cita con uno de esos personajes que es un honor conocer. Pocas cosas debo agradecer tanto a los viajes como haber tenido el privilegio de estrechar la mano de seres humanos excepcionales, personas que no están dispuestas a cruzar los brazos y mirar hacia otro lado quejándose de lo mal que va el mundo. El mundo va mal porque no hay más personas como mi querida María y su empresa de niños con síndrome de Down, o como los ópticos y dentistas voluntarios de la Ruta de la Luz, o como los cooperantes de Ayuda en Acción, o como todos los misioneros del mundo... o como Morgy Skeiner. 

Esta norteamericana de sesenta y un años, alta, de luminosos ojos azules y cabello completamente blanco, es madre de seis hijos y no pertenece a ninguna asociación humanitaria, pero pertenece a todas al mismo tiempo. Toda su vida colaboró con organizaciones solidarias, desde los Boy Scouts, con los que trabajó durante veintidós años, hasta asociaciones de alfabetización de adultos, organizaciones ecologistas, etc. Sin necesidad de dar la vuelta al mundo, ni estudiar teología durante años, había llegado a la conclusión de que la clave de la felicidad es hacer el bien, donde sea, cuando sea, a quien sea, sin dejar escapar ni una oportunidad de sentirse útil, de construir. Morgy ama la vida con pasión. Por eso ha consagrado la suya al servicio de las ajenas. Morgy también es una terrestre extra. Cuando el menor de sus hijos cumplió los dieciocho años, en 1986, decidió dar un giro a su vida e implicarse todavía más en el trabajo social, lo único que la hace sentirse viva. Así que dejó su casa, sus amigos y su cómoda vida de pequeñoburguesa yanki para marcharse al último rincón de la República Dominicana, con un ambicioso proyecto de forestación bajo el brazo. 

Morgy Skeiner sabe mejor que nadie el problema que supone la falta de bosques y plantaciones que sufre esa región dominicana, y mucho más aún el vecino Haití. Ella vive a pocos kilómetros de la frontera, y dos veces por semana se desplaza al otro lado, donde dirige un proyecto de educación infantil con doscientos niños a su cargo y varios invernaderos. Morgy consigue las matas y las semillas de árboles florales en Dominicana y las plantas en Haití, en un intento tan ingenuo como admirable de luchar contra la brutal deforestación que sufre el país del vudú. Vive sola en la pequeña casita de madera donde la encontramos, y no le tiene miedo ni a los zombis, ni a los terratenientes, ni al fracaso. Sin duda es un ser humano excepcional. Y los surcos que rodean sus ojos, y sus mejillas, denotan que la sonrisa es el estado habitual de su rostro. Quizá porque, pese a la austeridad económica que soporta, Morgy se siente feliz, y se sabe querida por todos los beneficiarios, tanto dominicanos como haitianos, de su labor social. Nadie mejor para empezar a ponernos en antecedentes de lo que nos esperaba al otro lado de la frontera. 

Dejamos Santiago de la Cruz impresionados por el testimonio humano de la americana, y llegamos por fin a la Internacional. Y ahí empezaron los problemas. Porque la Internacional no es una autopista de cuatro carriles como podría sugerir su pomposo nombre, sino una ruta, no me atrevo ni a llamarla carretera, que discurre a través de la frontera natural entre Haití y Dominicana. Justo en ese momento, pensé en la madre del negro que nos alquiló el coche. Una mujer honrada y virtuosa, sin duda, pero con un hijo que merece otros calificativos menos elegantes. La Internacional se convirtió en un auténtico suplicio. Breves fragmentos de carretera asfaltada, que de pronto se convertían en una pista de tierra batida, que de repente desaparecía dejándonos desorientados. Y lo que es peor, sin tracción 4x4 en la furgoneta. 

Durante interminables kilómetros, en que no podíamos rebasar los quince kilómetros por hora so riesgo de reventar los bajos del coche, circulamos por paisajes insólitos, que nos permitieron admirar las cicatrices medioambientales de la cruda historia haitiana. Si en ese momento nos apeásemos del coche por la puerta derecha, lo haríamos en suelo haitiano, arrasado, deforestado, triste, como su pasado. Si lo hiciésemos por la izquierda, nos encontraríamos con el fértil suelo dominicano, su selva tropical y sus ricas plantaciones. Quizá es un poco exagerado, pero servirá para ilustrar la gran diferencia que existe entre los dos países, aun encontrándose en la misma isla. 

Dejamos atrás Loma de Cabrera y recogimos a un autoestopista, Fabio. que nos desanima de buscar una ruta mejor. Ya es demasiado tarde para regresar a Puerto Plata, la noche se nos va a echar encima y corremos el riesgo de que se cierren los controles militares de cada uno de los pueblos que tenemos que atravesar. Ese sistema para controlar las desapariciones, robos, secuestros o asesinatos de turistas consiste en recoger un pase, por ejemplo en La Fortaleza, donde dejamos a Fabio, y entregarlo en Pedro Santana. Coger otro en Santo Pacheco y entregarlo en Malayana, etc. En varios de aquellos controles nos costó convencer a los militares para que nos permitiesen continuar el viaje. Sabían lo que nos íbamos a encontrar mejor que nosotros y nos lo advirtieron una y otra vez. Pero Miguel es casi tan tozudo como yo, y no estábamos dispuestos a perder ni un día de viaje pernoctando a medio camino. Nos habíamos propuesto llegar al hounfor de un sacerdote vudú esa noche, en Elías Piña, al precio que fuese necesario. Fracasamos, claro. 

Afortunadamente los militares siempre terminaban por concedernos el siguiente pase, eso sí, tras pagar el «impuesto» de peaje: un soborno con forma de botella de ron, revistas pornográficas, un cartón de tabaco o, directamente, un puñado de euros. Eso sí, advirtiéndonos de las bandas de ladrones que patrullaban aquellos valles y montañas. Si asumíamos el riesgo, allá nosotros. Y nosotros allá nos fuimos. Fue una noche larga. 

Después de ponerse el sol es cuando empezamos a pasarlo mal. Para orientarnos seguíamos el curso del río Artibonito, siempre hacia el sur. Dejando a nuestro paso Trinitaria, La Miel o Banica, a un lado y otro de la frontera. El problema llegaba cuando el cauce de alguno de los pequeños afluentes del río pasaba de Haití a Dominicana y no había más remedio que cruzarlo. Las peripecias que viví con los 4x4 en las dunas del Sáhara o del Gobi, o en los oasis egipcios, o en las selvas de Malawi, o en la estepa mongola, palidecen al lado de lo que supone cruzar el río, los barrizales y las montañas con una furgoneta Vanette. Todavía me maravillo de la pericia de Miguel Blanco al sortear aquellas dificultades. Está claro que en asunto de aventuras la experiencia es un grado. Incluso así, en varias ocasiones las ruedas se quedaban trabadas en el barro, o en el río, y a mí me tocaba remangarme los pantalones para colocar troncos o piedras bajo las ruedas para empujar, o simplemente para caminar, linterna en mano, por delante del vehículo, buscando las zonas más firmes para las ruedas. 

Casi a las dos de la madrugada, agotados, furiosos y hambrientos, con la furgoneta atrapada por enésima vez en el barro, nos vimos sorprendidos de pronto por docenas de pares de ojos que nos miraban desde las sombras. En lo primero que pensamos fue en las bandas de bandidos sobre las que nos habían advertido los militares, y Miguel y yo, al unísono, echamos mano de los machetes que habíamos metido en el equipaje antes de dejar Puerto Plata. Sólo en esa ocasión no fue necesario utilizarlos. No se trataba de bandidos, sino de un grupo de hambrientos inmigrantes haitanos que cruzaban la frontera con la esperanza de encontrar un futuro mejor en Dominicana. Me recordaron las caravanas de africanos que me encontré en el desierto de Mauritania, camino de las fronteras españolas. Tanto unos como otros creen que en el vecino país encontrarán el ansiado paraíso, pero no saben que el futuro que les aguarda a la mayoría es mucho más triste y cruel que el presente que viven ahora. 

Por fin, tras mil peripecias, llegamos a Elías Piña bien entrada la madrugada, rotos por el esfuerzo. Y allí nos alojamos en el hotel más infecto, miserable y desastroso donde jamás se ha alojado un viajero. La habitación, sin agua, luz ni cuarto de baño, costaba dos euros y medio. Un agujero en el suelo hacía las veces de WC, y una lata de pintura vieja, llena de agua, se suponía el lavabo donde habrías de cepillarte los dientes y asearte. Pero en la mía había una rana, así que opté por irme a dormir en un colchón mugriento y pestilente, que en ese momento me pareció una sucursal del cielo. Es curioso cómo varía nuestra forma de valorar las comodidades dependiendo de nuestra necesidad. 

Por la mañana las cosas se ven mejor; es decir, con más claridad. Así que en cuanto amaneció y vimos con más lucidez el antro donde nos habíamos metido, salimos corriendo de aquel lugar infame para cruzar la frontera hacia Haití y seguir viaje hasta Belladere. Allí debíamos reunirnos con quien sería nuestro anfitrión durante los próximos días: el houngan Manuel Sánchez Elié. En la religión vudú se denomina houngan a los sacerdotes, mambo en caso de que sean mujeres, y bokor a los brujos, pero lo cierto es que la mayoría de los houngans también son bokors, y la mayoría de los bokors también son houngan. Como nos explicaban allí, «es mejor servir a Dios con la mano derecha y al diablo con la mano izquierda, así los dos están de tu lado».


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