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sábado, 28 de marzo de 2020

VAMPIROS URBANOS


El oficial de Interpol Juan Prieto dijo al periódico El Espectador que estaba preocupado por el aumento del número de vampiros. El Sr. Prieto dijo que los vampiros podrían ser responsables de varios asesinatos sin resolver en Bogotá agregando: 

"Pero tenemos problemas para demostrarlo."

Sombras de lo que parecen ser abrigos largos bajan presurosas por las adoquinadas calles de La Candelaria. La escasa luz de los faroles permite advertir la presencia de 15 o 20 jóvenes, entre hombres y mujeres, que aparentemente buscan algún establecimiento del centro de Bogotá para pasar parte de la noche. Su palidez sepulcral llama la atención de los visitantes del Chorro de Quevedo, que interrumpen su charla o su café para ver pasar a los vampiros.

Al llegar a la Avenida Jiménez con carrera 4, el grupo se detiene un momento junto al espejo de agua del eje ambiental y allí comparte el primer sorbo de sangre humana combinada con brandy. Entonces se da inicio a una frenética noche más de estos estrafalarios seres de la noche en la capital de la República. El líquido, envasado en una pequeña botella plateada, fue obtenido por uno de los vampiros en un centro de salud de Bogotá. A cambio de algunos miles de pesos, ya tienen los nexos necesarios para proveerse de su alimento a través de manos inescrupulosas de empleados que sustraen las bolsas de sangre para consolidar un negocio macabro y clandestino. Con la complicidad del sonido estridente del rock pesado que se oye en diversos locales, especialmente del centro de Bogotá, los vampiros saben que la compra ilícita a esos empleados es la manera más fácil de obtener la sangre. Sin embargo, cuando el dinero no es suficiente, acuden a comprar sangre de animales en los mataderos capitalinos, como cualquier mortal.

Pero no siempre es así. En ocasiones amenazan de muerte a los desprevenidos transeúntes, quienes atemorizados no tienen más opción que ofrecer su cuello y su muñeca (la izquierda), a los insólitos atacantes para que se sirvan de sangre en su estado natural. Basta con un leve corte de objeto cortopunzante para que el vital líquido fluya y sacie, de momento, el hambre de estos personajes. La ausencia total de denuncias ante las autoridades refleja el miedo de las víctimas, que prefieren callar a ser tomadas por personas en trance de locura.

Cuando los vampiros urbanos van a tomar sangre, al igual que sus homólogos de antaño, siempre buscan la yugular y dejan una pequeña marca. Saben cómo sacarla con cuidado para que la herida no sea grave y la persona no muera. Una misma víctima puede ser compartida entre varios atacantes, siempre y cuando el líder —el más antiguo del grupo— lo haga primero.

Los vampiros deben recorrer varios lugares de la capital para conseguir la sangre. Siempre buscan a jóvenes incautos que se dejen persuadir por la magia de un envolvente discurso, que dicen manejar a la perfección. Con la oscuridad de la noche como cómplice, los vampiros se hacen visibles en establecimientos frecuentados por jóvenes.

Si logran convencer de su objetivo a sus víctimas, se trasladan a lugares íntimos donde se alimentan con tranquilidad. A la mañana siguiente la víctima pierde el recuerdo del ataque con el primer asomo de la luz del sol. No obstante, existe un problema jurídico, amparado en la libertad de cultos, que impide a las autoridades poner tras las rejas a las personas que declaran sin pena ser amantes de la sangre o adoradores del demonio.

Juan Prieto, oficial de inteligencia de la Interpol, dice que el vampirismo o las sectas satánicas no son considerados como ilegales, a menos que transgredan la ley. Prieto reconoce que es posible que los vampiros ataquen a las personas, incluso dice que es posible que muchos casos de homicidio estén asociados a estas prácticas macabras. "No obstante, lo complicado es comprobarlo", dice.

En el mundo de los "no humanos", como suelen llamarse los vampiros, la sangre es el principio vital. Ya sea humana o de animal, aseguran que entre más la beben, más se incrementa su energía vital, que incluso les permite llevar una vida común y corriente a la luz del día, cuando se supone que los vampiros duermen en sus féretros.

Los vampiros forman parte de una nueva cultura urbana, organizada a manera de tribu, en la que grupos de jóvenes de hasta 30 integrantes se unen en torno a convicciones y actitudes dirigidas a la adquisición de poder. Para ellos, el poder se obtiene por medio de la constante ingestión de sangre —preferiblemente humana— y del cumplimiento de normas y códigos de conducta específicos, copiados —no cabe duda— de la literatura, el cine y la televisión. La obsesión es tal que, cuando se les imposibilita conseguir su alimento vital, cortan sus propios brazos para obtenerlo.

A los ojos de los demás llevan una vida tranquila, pero la hiperactividad y la ausencia casi total de sueño que intentan demostrar los delatan. En un principio se pensó que se trataba de alguno de los 250 grupos satánicos que, según el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), operan en el país. Sin embargo, en un reciente estudio realizado por dos antropólogos especializados en cultura de adolescentes, se descubrió que algunos jóvenes optaron por dejar atrás el satanismo para convertirse en vampiros y justificar su desmedida adicción por la sangre. Ellos detectaron cerca de 50 grupos en Bogotá, tal vez son más. 

Drácula y Nosferatu 

Ahora el escenario cambió y se trasladó a las calles de los barrios de La Candelaria, Puente Aranda, Barrios Unidos y Kennedy, donde a veces se les ve pasar con sus vestiduras góticas y su inconfundible palidez, rumbo a un evento hasta ahora desconocido para la gran mayoría en Bogotá. Con la misma magia de los personajes originales, los grupos de vampiros capitalinos aparecen y desaparecen en su búsqueda de sangre. Ellos están convencidos de pertenecer a una raza particular, diferente a la humana, pero que crece en medio de ella.

El color de sus rostros se oculta tras varias capas de base blanca, labial y delineadores negros con los que se maquillan antes de salir a las oscuras calles de la capital. Los ojos y los labios resaltados, y las facciones disimuladas de su máscara, no siempre coinciden con las versiones modernas del género. Aun así dan la impresión de ser seres solitarios que le temen a la cruz y al agua bendita. Dicen actuar por instinto, que pueden ver en la oscuridad, que no comen ni beben y que son más fuertes que los humanos Aunque no siempre están conscientes de su verdadera naturaleza, al alcanzarla pretenden incrementar su supuesto poder personal con el apoyo de los miembros de su grupo. Creen en la existencia de Dios y del demonio, pero sus propósitos de vida están más relacionados con metas personales.

Para los expertos en este nuevo fenómeno, en el ámbito individual, ciertos satánicos dicen convertirse en vampiros cuando experimentan por primera vez el sabor de la sangre. "Esto les permite reconocer su verdadera naturaleza, porque adquieren poderes sobrehumanos", afirma el antropólogo Miguel Álvarez-Correa, uno de los autores del libro Mundos de la noche. Vampiros, satánicos y entidades, que entró en circulación hace pocos días y que pone en evidencia una nueva realidad practicada por los jóvenes capitalinos.

Poderes de seducción 

Álvarez-Correa manifiesta que durante tres años se encontró con cerca de 100 vampiros. Ellos le contaron que como Drácula o Nosferatu tienen poderes de seducción sobre el sexo opuesto. La magia de la noche les brinda la posibilidad de adivinar el futuro, e incluso de hacerse invisibles a voluntad. No obstante, aseguran que aunque la luz del día llega a mermar su capacidad, se pueden mezclar con los humanos sin llamar la atención, y desenvolverse en labores normales durante las horas de la mañana.

La forma de vida que eligen llevar hace que los vampiros cuiden de su apariencia optando por una vestimenta de carácter informal, con la que pretenden dar muestra de buena presentación. Llevan consigo accesorios tribales y tatuajes alusivos al vampirismo, que sólo conocen los miembros de su grupo o sus ocasionales víctimas, a las que dicen convencer con sus poderes de seducción. La ciencia considera el consumo de sangre humana (hematofagia) como una enfermedad mental que surge a raíz de la búsqueda de una identidad —con o sin el apoyo de drogas—, o la expresión de convicciones socioculturales erradas. Los expertos anotan que hasta la fecha no se sabe de ningún componente de la sangre humana que genere adicción o dependencia. 

Para Álvarez-Correa, cualquier comportamiento que se desarrolle en ese sentido es producto de desórdenes psicológicos. Sin embargo, la desesperada búsqueda de respuestas y de nuevas expectativas de vida se convirtió en uno de los motivos que están impulsando a los jóvenes —entre los 12 y los 30 años— a ingresar a esta clase de asociaciones. Así las cosas, el satanismo y el vampirismo nacen de unas mismas inquietudes existenciales y surgen de grupos socioeconómicos bajos y medios, que están inmersos en una cultura alejada de los valores morales. La dificultad de determinar cuándo se está frente a uno de estos seres de la noche está en su modus operandi que, a la luz del estudio realizado, no busca reclutar a más personas y raramente recurre a la brujería o a los ritos predecibles de los satánicos. 

De hecho, los vampiros tienen una vida parecida a las demás personas, que sólo cambia cuando las ganas de beber sangre pueden más que la normalidad. O, como ellos mismos dicen:

"No pretendemos convencer a los demás para que estén con nosotros, sino compartir lugares y experiencias que nos permitan recrear los elementos propios del vampirismo. Lo único bueno es que esto ya está cogiendo auge". 






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