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lunes, 30 de marzo de 2020

MANUEL CARBALLAL: TRAS LOS DIOSES EN CUZCO


Cuzco es una gran capital, en todos los sentidos. Siempre lo fue. Pocas ciudades del mundo tienen tanta magia y embrujo. La tarjeta de crédito estaba en las últimas y mi viaje también, así que había que aprovechar al máximo los últimos días de mi aventura tras el secreto de los dioses. 

Y ¿qué mejor que la antigua capital de Tahuantinsuyo, el más grande y antiguo imperio desarrollado en el continente americano, que, con una superficie de más de tres millones de kilómetros cuadrados, incluía casi cinco mil kilómetros de costa sobre el océano Pacífico, lo que representa casi el doble de la costa del territorio peruano actual? 

La palabra Tahuantinsuyo proviene de un nombre compuesto por dos vocablos quechuas: tawa, que significa «cuatro», acompañado del sufijo ntin («junto», «conjunto») y suyo, que quiere decir «región o estado». Cuatro regiones o estados reunidos en aquel vasto imperio del año 1200 d.C. que tenían como capital Cuzco. 

Capital arqueológica del Perú, y quizá de toda Latinoamérica, dice la leyenda que fue fundada por Manco Cápac, el primer inca, cuando buscaba el ombligo del mundo; que es lo que significa la voz quechua gosq'o. Pero, pese al mito, existen evidencias arqueológicas de que la zona estuvo poblada antes de la llegada de los incas, que ciertamente extendieron su poder desde aquí por todo el Imperio del Sol. Al menos hasta 1533, en que llegaron los conquistadores españoles. 

Tras su vergonzoso comportamiento con Atahualpa, Francisco Pizarro continuó avanzando hasta la capital del Imperio Inca, donde entró triunfante el 8 de noviembre de 1533. Todavía es un misterio cómo ciento ochenta soldados españoles, con treinta y siete caballos, consiguieron dominar un imperio de siete millones de incas, de los que extinguieron a seis millones. Como los nazis con los judíos. 

Intuyo que, como en tantas ocasiones, la manipulación de las creencias fue un factor determinante. Los españoles supieron sacar partido a las supersticiones indígenas al dejarse ver como dioses. Los departamentos de operaciones psicológicas de la CIA, el Mossad o el CNI no lo habrían hecho mejor. 

En Cuzco hay tantas cosas interesantes para ver que es imposible resumirlas. La oferta turística es enorme; desde todo tipo de deportes de aventura (rafting, senderismo, piragüismo, etc.) hasta la mayor oferta en museos del país: el Inca, el de arte precolombino o el de arte religioso, entre otros. Pero lo que el viajero no puede perderse de ninguna manera es la gran plaza de Armas, antes llamada Aucaypata, donde una placa nos recuerda a los españoles la vergüenza de la conquista. 

Basta darse un paseo por los soportales que la rodean para encontrar estupendas librerías, tiendas de artesanía, y si eres joven, a los relaciones públicas de todas las discotecas y pubs de la ciudad, que te entregarán la publicidad de sus locales para que esa noche vayas a bailar. La música, las risas y el baile de la noche cuzqueña es algo que también recomiendo por experiencia. 

La noche de Cuzco siempre trae sorpresas. A mí, por ejemplo, me ocurrió la increíble casualidad de encontrarme con Sixto Paz, un personaje muy conocido en Perú, con quien había compartido congresos y polémicas en España, en un restaurante de Cuzco. Lo gracioso es que él vive en Lima y yo en España. 

De la plaza de Armas parte también un circuito de iglesias coloniales, además de la catedral, que es mejor visitar a primera hora de la mañana, cuando abren para la celebración de las primeras misas, ya que no se sufre la afluencia de turistas de la tarde. En ese caso, lógicamente, hay que comportarse y respetar la celebración religiosa sin llamar demasiado la atención. 

En la catedral de Cuzco hay cosas interesantísimas, como el templo cristiano más antiguo de la región, y también la imagen más antigua, donde se muestra cómo era el «ombligo del mundo» cuando llegaron los conquistadores. Y si tienes suerte, escucharás el tañido de la segunda campana más grande del mundo. 

En Cuzco hay una gran presencia misionera. La herencia de los conquistadores españoles se ha mantenido en los conventos franciscanos de la plaza de San Francisco y el de la plaza Recoleta; o en la iglesia de mis estimados jesuitas, los últimos en llegar a Cuzco, para establecerse en el antiguo palacio del inca Huayna Cápac, hacia 1576. Pero si hay una orden que controla los antiguos misterios incas en Cuzco son los dominicos. Ellos heredaron el fantástico Koricancha y todos sus secretos. Koricancha significa «recinto de oro» en quechua, y exactamente eso era hasta que llegaron los españoles para «incautarlo» en nombre de la civilización cristiana y europea. 

El templo más rico de Tahuantinsuyo estaba literalmente cubierto de planchas. Más de setecientas placas de oro, de dos kilogramos cada una. Aquí se conservaban los cuerpos momificados de los dirigentes incas, y a la par que lugar de culto, era un observatorio astronómico y un laboratorio científico donde los sacerdotes elaboraban el calendario ritual. Los sólidos bloques con que fue construido nada tienen que envidar a la Gran Pirámide de Keops. Y, además, son una prueba de la pericia arquitectónica de nuestros antiguos, puesto que mientras la iglesia católica que se construyó sobre esos muros incas se vio seriamente afectada por los terremotos que han diezmado las construcciones coloniales en Cuzco, los incas siguen tan sólidos como el primer día. Toda una lección de humildad para los pretenciosos conquistadores europeos y para quienes se burlan de los conocimientos científicos, matemáticos o arquitectónicos de las culturas pre-colombinas. 

Tras la conquista, Juan Pizarro se quedó con el Koricancha, pero tras su muerte, durante la gran batalla de Sacsayhuamán, en 1536, lo cedió en su testamento a los dominicos, que lo custodian desde entonces. La edificación es enorme, y en su interior alberga un pequeño museo que es imprescindible visitar. Aunque sólo sea por ver las muestras de piedra labrada por los antiguos incas, que superan con creces los taladros «extraterrestres» que mis amigos de la AAS querían ver en la meseta de Giza. Si viesen los orificios circulares, cuadrangulares y rectangulares de estos bloques no volverían a hablar de la supuesta supremacía tecnológica de los egipcios. Y eso que aún no hemos llegado a Machu Picchu... 

Hace unos años el Koricancha acaparó la atención de toda la prensa peruana. Un explorador español, Anselm Pi, consiguió revolucionar a la comunidad arqueológica nacional con sus excavaciones en los túneles subterráneos que surcan las entrañas del Koricancha, llenos de leyendas sobre tesoros escondidos, legados de civilizaciones desaparecidas, etc. 

Las excavaciones de Anselm Pi tuvieron un gran eco incluso en las publicaciones especializadas españolas, y todos creímos estar poco menos que ante una nueva tumba de Tutankamon. Desgraciadamente, el 25 de agosto de 2003 la prensa peruana anunciaba la clausura de todas las investigaciones de Pi exigiéndole la entrega de una carta-fianza por seis mil dólares al INC peruano por haber «alterado la infraestructura» del templo. Un triste final para un sueño que comenzó, en 1982, lleno de esperanzas, y que fue compartido por amigos comunes muy queridos. 

En los alrededores de Cuzco también hay muchos lugares imprescindibles, y antes de continuar viaje hacia el Valle Sagrado, donde terminaría mi búsqueda, visitamos el fastuoso templo de Viracocha, y el Fuerte Rojo de Pucara. También el pequeño «volcán» de Aguas de San Pablo, el «baño del Inca» de Tambomachay y el santuario de Quenko... Toda la zona está llena de restos arqueológicos, pero por encima de todos destaca la espectacular fortaleza de Sacsayhuamán. 

Sacsayhuamán significa «halcón satisfecho» en quechua. Y si las construcciones faraónicas pueden impresionar al viajero, hay que ver estas murallas para saber lo que es bueno. Inmensos bloques de hasta trescientas toneladas de peso, que dejan en ridículo los volúmenes de la Gran Pirámide. Ensamblados de forma inverosímil e incomprensible. Lo más cómodo, sin duda, habría sido crear bloques cúbicos o rectangulares, y de menor tamaño para hacerlos más manejables. Sin embargo, los constructores de Sacsayhuamán se empeñaron en realizar gigantescos mamotretos, con formas irregulares, que sin embargo encajan entre sí como las piezas de un colosal puzle. El peso de los años (y esto es un juego de palabras intencionado) ha terminado por asentar y encajar los bloques, de tal forma que ahora es imposible introducir ni la hoja de una navaja. Lo digo por experiencia. Y lo más extraordinario es que lo que vemos ahora es sólo el 20 por ciento de lo que fue Sacsayhuamán, ya que durante todos estos siglos sus murallas fueron utilizadas como cantera para construir casas, iglesias y monumentos por todo Cuzco. 

Por supuesto, yo había visto fotos y documentales sobre Sacsayhuamán en muchas ocasiones. Pero las descripciones que hacían los cronistas o los escritores no le hacen justicia, como tampoco yo se la hago. No es lo mismo leer que la construcción Sacsayhuamán es un misterio que llegar hasta sus colosales murallas resoplando por el cansancio que supone el mínimo esfuerzo en estas altitudes, mascando coca como un poseso para poder trepar a cualquier risco desde el que hacer la mejor foto... Y a continuación imaginar a los antiguos incas empujando esas piedras de hasta trescientas toneladas... 

No, evidentemente hay que llegar hasta Sacsayhuamán, sufriendo el mal de altura, para valorar en su justa medida esta auténtica obra faraónica de los antiguos incas. Y si se puede escoger fecha, sugiero visitar Sacsayhuamán un 24 de junio, festividad del Inti Raymi. De esta forma, además de admirarse de la majestuosidad de esta colosal obra de ingeniería, se podrá asistir a una de las celebraciones más coloristas, vivas y alegres de la tradición inca, que nada tiene que envidiar a los luminosos festivales de Jaypur. 

Aun así, en medio de los bailes y procesiones, en medio de la música y los trajes tradicionales, resulta difícil abstraerse del misterio que suponen esas murallas.



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